Piedica Factores que influyen en Dolor en el arco y la planta del pie, pesadez y Cansancio

RESUMEN

   En este trabajo se realiza una revisión de los conocimientos actuales sobre las presiones que soporta la superficie plantar, tanto en estática como en la principal actividad dinámica, la marcha, en condiciones normales. Así mismo, se analizan los principales factores que pueden modificar el valor de dichas presiones y/o su distribución: peso, edad, sexo, superficies de apoyo, calzado, etc.

   Palabras clave: Pie. Presión plantar. Baropodometría.
PRESENTACION

   En el estudio del pie, es importante conocer la presión a la que está sometido cada punto de la planta en condiciones normales, ya que esto puede ayudar en el diagnóstico y tratamiento de diferentes patologías. Pero los valores de presión o su distribución entre los diferentes puntos de la superficie plantar pueden variar por diferentes facotres, propios de la persona (sexo, edad, peso, etc.), o externos (pavimentos, calzado, etc.). Por ello, en este trabajo se realiza una revisión sobre las presiones que soporta el pie y sobre los factores que influyen en ellas.
INTRODUCCIÓN

   En el estudio del pie, entre otros datos, es importante conocer la presión que soporta cada punto de su superficie plantar. Para el estudio de las presiones plantares existen métodos cualitativos, muy utilizados, representados principalmente por el podoscopio convencional, otros semicuantitativos, el pedobarógrafo, que cuantifica las imágenes obtenidas a partir del podoscopio, y las cuantitativas, que mediante sensores de diferentes tipos son capaces de cuantificar las presiones, lo que constituye las técnicas de baropodometría (1). Entre éstas las más importantes son las que transforman la presión, mediante transductores electromecánicos, en una magnitud eléctrica cuantificaba, es decir las técnicas de baropodometría electrónica. Los trasductores pueden estar incorporados a plataformas, podómetros, o bien a plantillas, que permiten una libertad de movimientos importante(2).
   Estos sistemas, con una resolución cada vez mayor, permiten realizar estudios de las presiones en los distintos lugares de la huella plantar, habiéndose descrito bastante bien cómo son dichas presiones en estática y durante la marcha, y habiéndose realizado también algunos intentando analizar los factores que influyen sobre ellas, aunque en este sentido queda todavía mucho por estudiar.

 

 

Presiones plantares en estática

   En apoyo bipodal el peso del cuerpo se transmite a lo largo de cada extremidad inferior llegando a cada pie el 50%. El primer hueso del pie, el astrágalo, tiene por misión distribuir esta fuerza hacia sus puntos de apoyo. El pie en estática presenta dos triángulos, uno posterior o de apoyo, que va desde el calcáneo hasta la cabeza de los metatarsianos, y otro anterior o de propulsión que está constituido por los metatarsianos y los dedos.
Desde el punto de vista biomecánico se ha discutido cuál es la proporción de peso que, en estática, iría hacia el talón y cuál hacia el anteipié.

   Según Morton (3) sería en igual proporción, es decir, un 50% hacia cada lugar, sin embargo, Viladot (4) habla de una carga mayor en el talón, igual que Padovani (5), Barouk (6), Arcan (7) y Domingo (8) entre otros (9, 10, 11, 12, 13, 14). En realidad, es difícil calcular esta distribución del peso, en principio, porque es muy variable en una misma persona ya que el balanceo normal del cuerpo, el “dynamic standing” según J. W. Smith (1 5), hace que varíe constantemente el peso que soportan las diferentes zonas del pie, y, además, esta distribución depende también de la posición de éste. Esto, junto a la diferente metodología utilizada para registrar las presiones plantaras, determina que éstas sean muy variadas de unos estudios a otros (11, 12, 13).
   En general, casi todos los estudios (4, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14) coinciden en que la presión en el talón es superior a la hallada en el resto del pie y que en la banda externa del mediopié, los valores de presión son muy bajos (11, 12, 13). A nivel del antepié, al cargar, se produce un descenso del arco transverso con apoyo de las cabezas de los cinco metatarsianos, habiendo sido muy discutida la forma en que éstos apoyan, distintas teorías:
   Para los autores clásicos (16, 17, 18), los apoyos anteriores del pie se localizaban en la cabeza del primero y del quinto radios y entre ambos se hallaría el arco transverso anterior. Para Leliévre (18), el arco anterior tendría dos apoyos inmediatos, el primero y el quinto, y tres apoyos mediatos que aparecen con la carga, el segundo, tercero y cuarto. Hohmann y Stuff (17) afirman que el hundimiento del arco plantar anterior no consiste en un descenso de los metatarsianos centrales sino, por el contrario, en una elevación del primero. En estudios tomodensitométricos, Ramos Cristóbal (19) afirma que apoyan el primero, cuarto y quinto metatarsianos.
   Otros autores defienden un apoyo central; así, Mombourg y Beely (20) citan el apoyo en las cabezas segunda y tercera, Muskat (21) afirma que es el segundo, para Meyer (22) el punto de mayor capacidad sustentadora es el tercer metatarsiano y para Pisani (23) son los cuartos radios los que más carga soportan.

   En general, desde los trabajos de Morton (3), la inmensa mayoría de los autores (10, 24, 25, 26, 27, 28), entre ellos Viladot (4), aceptan que todos los metatarsianos apoyan en bipedestación, pero no con la misma intensidad; así, para Rozema y col. (13), entre otros (3, 4, 26, 29), el primer metatarsiano es el que más carga, eguido de los laterales, mientras que para Martínez Martín y col. (30), Domingo (8) y Arvikar y Seireg (9) es el tercero seguido del segundo metatarsiano. Cavanagh y col. (10) describen que es el segundo metatarsiano el que más carga seguido del tercero y Grieve y Rashdi (11) indican que las presiones son mayores pero similares en el tercero y segundo, seguidos del primer metatarsiano. Por último en algunos estudios como los de Lavigne y Noviel (12) y Stott y col. (14) se indica que la distribución es uniforme. Este apoyo de todos los metatarsianos en mayor o menor proporción se ha comprobado mediante diferentes técnicas de baropodometría (8, 9, 11, 12, 13, 14, 29, 30, 31, 32).
   Los dedos del pie, de forma general, presentan un apoyo débil pero en el dedo gordo se describen valores de presión superiores (12); así Hugnes y cols. (33) indican que durante el apoyo estático el primer dedo apoya en un 97% de los sujetos del estudio, recibiendo la mayor presión de todos ellos, aunque Rozema y col. (13) no diferencian entre el dedo gordo y los demás, hallando en todos un valor similar.
   En apoyo unípodal al no repartirse la carga, todos los puntos del pie estarán sometidos a mayor presión. El talón posteríor está sobrecargado y la presión es superior al doble de su valor en apoyo bipodal (12), y la banda externa en el mediopié aumenta su anchura y su presión (12, 34). En el antepíé las presiones también están elevadas en relación al apoyo bipodal pero de forma uniforme entre todos los metatarsianos (12), aunque según Pisani(23) en estación monopodal la carga se reparte entre el primero y el cuarto. Los dedos presentan una presión superior en apoyo monopodal debido, además de al aumento de la carga, al trabajo de los músculos flexores, solicitados por las oscilaciones del pie, que realizan una labor de agarre al suelo y de estabilización (35).

Presiones plantases durante la marcha

   Existe un gran número de estudios sobre la distribución de las presiones durante la marcha que describen valores que varían enormemente, probablemente por la diferente metodología y técnicas utilizadas (10, 11, 24, 33, 36, 37, 38, 39). En general, se describe 4, 39, 40 que el peso que llega al suelo durante la marcha no es uniforme, sino que varía dibujando ondas, existiendo dos picos de presión, uno de ellos coincidiendo con el contacto del talón y el otro con el despegue del mismo.
Para poder describir las presiones que se generan en el pie durante la marcha, la mayoría de los autores lo dividen considerando las zonas de mayor interés biomecánicos durante ésta.
   Salvo algún estudio, como los de San Gil Sorbet y col. (41), indicando que la principal zona de apoyo es el antepié, generalmente, se acepta que la máxima presión local de todo el pie se registra en el talón (4, 12, 14) y esto se produce durante su contacto inicial con el suelo, aunque Grundy col. (42) describen que la máxima presión en esta zona ocurre en el momento en que también contacta el borde lateral de las cabezas metatarsianas. Conforme avanza el peso del cuerpo a la zona central del talón y aumenta la superficie de apoyo la presión se va reduciendo (43).
   Los valores de presión en los distintos estudios son muy variables (11, 12, 13) y no existe ninguno definitorio del valor de las presiones en el talón durante la marcha, pero se indica que las zonas de presión son bastante parecidas a las encontradas en estática. Las diferencias son la aparición de nuevas áreas y el aumento de la superficie de la zona central del talón posterior.
   En relación a las presiones en el antepíé, Viladot Perice y Viladot Voegeli (44) describen que, durante la marcha, tras el apoyo inicial de las cabezas de los metatarsianos laterales, se produce una progresiva liberación de éstas para que las mediales alcancen el suelo, con la trasferencia de la carga hacia el aparato glenosesamoideo de la cabeza del primer metatarsiano, de forma que pueda iniciarse la fase de despegue de los dedos.
A pesar de que para Morton (3), Stokes y col. (45) y para Rozema y col. (13) es el primer metatarsiano el que presenta mayor presión seguido del segundo, la mayoría de los autores (11, 24, 38, 46, 47) describen una mayor presión en las cabezas de¡ segundo y tercer metatarsiano, alcanzándose valores en estos puntos entre el 60% y el 1005 del valor en el impacto del talón. Hutton y Dhanendran (48) describen lo mismo pero encuentran valores por debajo del 30%. Bennett y Dupionk (46), Plank (47), y Daentzer y col. (24) incluyen también al cuarto metatarsiano y refieren que las mayores presiones se producen en el segundo, tercero y cuarto metatarsianos. Sin embargo, Grieve y Rashdi (11), Woodburn y Helliweli (49), entre otros (38, 50) incluyen el primer metatarsiano y refieren que las mayores presiones se producen en el segundo, tercero y primer metatarsianos. Por otro lado, también la mayoría de los trabajos coinciden (11, 24, 46, 47, 49, 50), en que las presiones menores se localizan en los metatarsianos laterales. Sin embargo, Lavigne y Noviel (12), en 1994, describen un reparto de presiones de magnitud igual debajo de cada una de las cabezas de los metatarsianos. Según estos autores, parece ser que, en condiciones fisiológicas, durante la marcha el peso del cuerpo no se distribuye nunca sobre menos de tres o cuatro cabezas metatarsianas, además de apoyar en los dedos del pie. El apoyo terminal sobre la primera cabeza metatarsiana y el dedo gordo es esencial ya que constituyen el punto de apoyo para que los músculos flexores ejerzan su fuerza propulsora. Perry y col. (50), aunque en los sujetos descalzos describen mayores presiones en los metatarsianos centrales, en los calzados indican que se igualan en todos ellos.
   Todas estas diferencias entre los datos aportados por los distintos autores apuntan a que no existe un único patrón de distribución de las presiones plantaras (14). Así, Hughes y col. (33) indican que existen cuatro patrones normales que varían según diferencias individuales: el patrón medíal (mayor apoyo en el tercero seguido muy de cerca del primero y segundo metatarsianos), medíal-central (mayor apoyo en el segundo y tercero metatarsianos seguido del primero), central (mayor apoyo en el tercero y segundo metatarsianos seguido del cuarto), y central-lateral (mayor apoyo del tercero, cuarto y quinto metatarsianos).

   La contribución de los dedos en la marcha ha sido muy discutida. Según Hughes y col. (51), ayudan a distribuir la presión, aumentando el área de soporte, presentando presiones similares a las de los metatarsianos, de forma que si su función se altera las presiones debajo de las cabezas metatarsianas aumentan, con la consiguiente repercusión clínica. Stokes y col. (45) indican que, durante la fase de despegue, los dedos, principalmente el primero, llegan a soportar el 40% del peso corporal, sin embargo, Grundy y col. (42) describen presiones muy pequeñas en todos ellos. En general, se acepta que, aunque existen grandes variaciones en los valores de sus presiones (51), en el primero son más importantes que en los demás. Parece ser que este dedo asume en la marcha, en la fase de despegue de los dedos, entre el 30% y el 50% de la presión máxima del talón (45). En el resto de los dedos los valores de presión son también variables (12), pero, a pesar de esta variabilidad, en general, se está de acuerdo (46, 50, 51) en que el quinto dedo siempre registra los valores de presión mas bajos dentro del antepié y su rango está entre el 5%, 20% y 45% del valor máximo del talón y la mitad del experimentado por el tercer dedo, aunque Soames (52) encuentra valores similares a los de los restantes dedos.
   Se acepta, en general, que el mediopié (12, 13, 14, 43, 52) apenas juega ningún papel en la transferencia del peso del talón al antepié. Para Perry (53) y Sánchez Lacuesta (43), la presión en este área representa un 10% de la del contacto máximo del talón.


FACTORES QUE INFLUYEN EN LAS PRESIONES PLANTARES

   Existen diferentes factores que influyen sobre la distribución de las presiones plantaras. Entre ellos, el sexo, la edad, el peso, el tipo de huella plantar, la velocidad de la marcha, el tipo de calzado utilizado, etc. (46, 54).
Peso

   A pesar de que hay autores que describen una débil correlación entre el peso y las presiones plantaras (55), se acepta, en general, que existe una importante relación entre estos factores. Así, hay autores (46, 54) que describen tanto al andar como al correr que cuanto menor es el peso corporal, menores son las presiones en todo el pie, excepto en los dedos. Por otra parte, parece que en sujetos pesados, tanto descalzos como calzados, se altera la distribución de las presiones plantares, con un incremento de éstas en la zona lateral del pie, sobre todo en la fase media de su contacto, con menores picos en la cabeza del primer metatarsiano (54). Concretamente Hughes y col. (51) describen una correlación importante entre el peso y la presión en la cabeza del cuarto metatarsiano. Es decir, los sujetos pesados tienden a usar menos la zona medial del antepié.
   La correlación entre el peso y la presión hace necesario, para comparar los datos entre sujetos, normalizar sus valores, dividiéndolos por el peso de cada uno (11, 43), y si no, sólo se pueden relacionar valores porcentuales (8, 30).

Edad

   La marcha en los níños tiene unas características especiales que van evolucionando con la maduración del sistema nervioso hasta conseguir las características de la marcha del adulto, que según la mayoría de los autores se consigue aproximadamente a los 7 años.
   Respecto a las presiones plantares en el niño, como indican Henning y col. (38) y Damiano y col. (56) son menores que en el adulto, por su menor peso y en proporción existe una mayor presión sobre la cabeza del primer metatarsiano debida al valgo de rodilla presente frecuentemente, que conduce a una mayor pronación del pie. Al estudiar la distribución de las presiones, estos autores observaron que alrededor de los 6 años son semejantes a las del adulto porque la bóvedad a esta edad está ya configurada.
En los ancianos, a partir de los 60-70 años existen variaciones en los parámetros de la marcha, independientemente de las alteraciones debidas a posibles patologías. No se debe considerar una marcha patológica sino más bien una marcha cauta, como indican Murray y col. (57).
   Entre estas variaciones se encuentran un menor rango de movimiento en las articulaciones de las extremidades inferiores, con una reducción de la flexión plantar del tobillo en el despegue, laciones de las extremidades inferiores, con una reducción de la flexión plantar del tobillo en el despegue, y de la flexión dorsal en el contacto con el suelo, de forma que el pie es más horizontal en el contacto de talón, lo que condiciona una disminución de la fuerza de reacción vertical y de los picos de presión durante el apoyo (49, 58).

Sexo

   La mayoría de los autores que han estudiado el tema coinciden en que muchas veces la influencia del sexo sobre la distribución de las presiones plantares está condicionada, no directamente por el sexo, sino por la utilización del calzado diferente y por las características antropométricas, como un menor peso en las mujeres. Así, Henning y col. (38) describen patrones de distribución muy similares en niñas y niños y Soames (52) y Nyska y col. (54), encontraron que, debido al peso diferente entre mujeres y hombres, la distribución de la presión plantar era distinta.
   Por otra parte, las mujeres presentan, en general, mayor movilidad articular que puede influir en que los hombres, con mayor rigidez y menor pronación en la fase de apoyo, tiendan, como indican, Nigg y col. (59) y Pick y Jobe (60), a localizar la mayor presión sobre la zona lateral del antepié y de los dedos. También se ha descrito una marcha más lenta en las mujeres, pero al corregir esa variable Crowinshield y col. (61) no observan diferencias en cuanto a las presiones plantaras entre ambos sexos, como también indican, Bennett y Dupionk (46) y Holmes y col. (62).

Cadencia y velocidad de la marcha

   La velocidad y la cadencia están relacionadas entre sí ya que a menor velocidad, con la misma longitud de paso, mayor será el número de éstos que se puedan dar por minuto, es decir, mayor será la cadencia (43). Se ha demostrado que las presiones plantares son directamente proporcionales a estos factores (51, 63). Así, Hughes y col. (33), en su trabajo realizado con el EMED F. System, indican que al aumentar la velocidad y, por tanto, la cadencia, aumenta de forma lineal la presión en el talón, zona medial del antepié y en los cuatro primeros dedos, mientras que no hay diferencias o disminuyen las presiones en la zona lateral del antepié y en el quinto dedo. De la misma forma, Zhu y Col. (64) también describen un aumento de la presión plantar con el aumento de la velocidad y, además, cambios en su distribución de forma que existe un aumento del 26% de la carga en la zona lateral (representada por la suma del cuarto y tercero metatarsianos), de un 60% en la zona medial metatarsal (representada por la suma del primer y segundo metatarsiano) y, produciéndose un aumento mayor aún en el talón.
En la carrera (13, 60), la mayor velocidad aumenta el total de las fuerzas de dos a tres veces y, por tanto, las presiones también son mayores. En general, al correr, la presión mayor no corresponde al talón, como en la marcha, sino al antepié, y dentro de éste, es mayor en la cabeza del segundo metatarsiano, seguido del primero y del tercero. De todas formas parece que, además de la velocidad, en esta distribución pueden influir las diferentes técnicas individuales utilizadas durante la carrera. Así, en un estudio de Pink y Jobe (60) sobre mujeres corredoras se describe que al aumentar la velocidad existe una mayor presión en la zona lateral, probablemente por una mayor supinación del pie en relación a los corredores lentos. Este hallazgo no lo encuentran en los hombres, indicando que esto se debe a que su pie es más rígido.
   Cuando se realiza un estudio de presiones plantaras durante la marcha normal se considera que no es necesario controlar la velocidad del sujeto, sino que es mejor dejar que camine a su velocidad cómoda, para que no se altere su patrón de marcha ni suponga un mayor gasto energético (64).

Huella plantar

   A pesar de que existen autores que nombran las alteraciones en la huella plantar como factores que afectan a la distribución de las presiones plantares (46), no está clara su forma de influir sobre ellas. Así, para Domingo (8) y Pérez García y col. (31), en el caso de una huella plantar plana existe una sobrecarga del primer metatarsiano en relación a cuando hay una huella normal, de la misma forma que indican otros autores, como Sneyers y col. (65), quienes encuentran esta sobrecarga en estática, pero describen que no se altera el patrón de presiones plantares al caminar. Parece ser que la huella plantar al establecerse habitualmente de forma estática, no tiene concordancia con el comportamiento dinámico del pie en el que se puede comportar como un pie con huella normal.
Tipo de terreno o superficie de apoyo

   El tipo de terreno, según su elasticidad, hace que las cargas sean diferentes y, por lo tanto, influirá sobre las presiones plantares (66). La Flexibilidad o elasticidad es la capacidad de una superficie para deformarse cuando actúa una fuerza sobre ella. Gracias a esta deformación se produce la amortiguación de las fuerzas verticales, pero debe ser la adecuada; así una superficie muy elástica ocasiona pérdida de la energía trasmitida al apoyar el pie y crea inseguridad en la pisada, pero superficies poco elásticas, como el asfalto de calzadas y aceras, carecen de poder amortiguador y remiten todo el impacto a las estructuras del pie y articulaciones superiores. Las superficies sobre las que nos movemos habitualmente son duras, con poca amortiguación, lo que somete a los pies y articulaciones superiores a mayores solicitaciones mecánicas que si se caminase sobre superficies más blandas, como tierra o hierba, con mayor posibilidad de lesiones. Este incremento de cargas provoca, a su vez, un incremento de las presiones plantares.
Calzado

   El pie humano es una estructura de funcionamiento complejo, cuyas capacidades físicas y mecánicas son el resultado de un largo proceso de especialización de la marcha y de adaptación a las propiedades mecánicas de la superficie sobre la que la especie humana ha caminado durante su evolución y expansión cultural. A pesar de que el hombre actual camina por término medio distancias insignificantes respecto a las recorridas por nuestros antepasados, la necesidad de proteger los pies frente a factores ambientales mecánicos y térmicos, la agresividad de los pavimentos urbanos, los hábitos que impone la sociedad actual y el tipo de actividad que se realice, le hace absolutamente dependiente del calzado (35, 43).
   Como el contacto del pie con el suelo se realiza habitualmente con el calzado, es lógico pensar que, según sus características, afecte de forma diferente al pie y a las actividades en las que éste participe, por lo que es esencial su elección adecuada, teniendo en cuenta las características personales y la actividad desarrollada. Así, según su forma, tacón, tipo de materiales utilizados en su construcción, elementos convexos en su interior, capacidad de amortiguación, etc., puede influir en la alineación postural, en la estabilidad (67), en el desarrollo de la marcha y en la producción de diferentes tipos de alteraciones o lesiones (68, 69, 70).
   Entre los factores que puede modificar, el uso del calzado, y el tipo de éste, se encuentran la intensidad de las presiones plantares y su distribución en la planta del pie. Según Viladot y Alvarez (68), las alteraciones de los pies son debidas, en gran medida, a la civilización actual y al binomío calzado terrenos lisos y asfaltados. De todas formas, el modo en que el calzado interacciona mecánicamente con nuestros pies y su influencia sobre la salud es un aspecto que sólo recientemente se está teniendo en cuenta en su diseño, gracias a las técnicas y los conocimientos que aporta la biomecánica como ciencia que estudia el movimiento humano. Las características más importantes y más estudiadas del calzado han sido la altura del tacón, en especial los zapatos femeninos estrechos y de tacón alto, y la capacidad de amortiguación de impactos.
Tacón

   La altura del tacón modifica la posición del eje del pie y del resto del cuerpo, lo que produce una alteración postural del cuerpo, en estática, y alteraciones en el patrón de la marcha, con variaciones en la distribución de las presiones plantares.
   El reparto de las cargas, se modifica conforme aumenta la altura del tacón. Descalzo en bipedestación, aproximadamente el 60% se va al retropié y el 40% al antepié, y con un tacón bajo, de unos 2 cm, las cargas se equilibran yendo aproximadamente un 50% a cada zona. Por esto el uso de tacón bajo puede ser beneficioso, e incluso necesario, en algunos sujetos mejorando la distribución de cargas entre el antepié y el retropié. Al aumentar el tacón, cada vez va recibiendo más carga el antepié, y con tacones de 5 a 6 cm puede llegar a ser superior al 905 de la carga total (6, 68).
   De la misma forma, durante la marcha, las modificaciones en la distribución de las cargas, unidas al aumento de las fuerzas de reacción que se producen al caminar con tacón alto, hacen que varíe también la intensidad de las presiones plantares y su distribución (12,43). Cuando se está descalzo, al caminar, el centro de presiones se encuentra entre la segunda y tercera cabezas metatarsianas, siendo algo menor la presión debajo de la cabeza del primer metatarsiano y menor aún de la cuarta y quinta. Calzado, la presión es semejante en la primera, segunda y tercera cabezas metatarsianas y conforme aumenta la altura del tacón, además de aumentar la intensidad de las presiones en todos los puntos del antepié, el centro de presiones se desplaza aún más medialmente, siendo el primer dedo el que soporta más presión, seguido del segundo y tercero, pero si el calzado es de puntera estrecha, parece ser que no se produce este trasvase de la presión desde la zona lateral a la medial sino que la distribución es más uniforme bajo todos los metatarsianos. (68)

Amortiguacíón

   El pie interacciona mecánicamente con la superficie de apoyo, transmitiendo al cuerpo las fuerzas de reacción generadas sobre ella, que en el instante del contacto inicial en la marcha, y siempre que se produzca una caída del centro de masas del sujeto desde cierta altura (carrera, saltos, etc.), son bruscas y de corta duración por lo que se les denomina impactos. Estas ondas de choque son picos de la fuerza vertical de reacción de muy corta duración y se transmiten por las estructuras esqueléticas hasta la cabeza, pudiendo, según su intensidad y brusquedad, ser causa de patología. Para protegerse existen mecanismos naturales de amortiguación, entre los que se encuentran el paquete adiposo, los tendones y ligamentos, algunas acciones musculares y los movimientos articulares.
   Además de disponer de mecanismos naturales, se puede ayudar a la amortiguación de los impactos con un buen diseño de calzado (49, 56, 68, 71). En este diseño se tienen que tener en cuenta las características de todos sus componentes (tacón, empeine, suela, plantillas, etc.) y debe adaptarse tanto a las características personales como a la actividad que se vaya a realizar. Así, no es lo mismo la amortiguación que se necesita para andar por un terreno que por otro, o para realizar otras actividades como correr o saltar, ni tampoco el calzado que necesita una persona sin patología, un sujeto con insensibilidad del pie, un anciano (69, 72, 73, 74).
   Según Ramiro (74), en el calzado es importante el uso de cazoletas posteriores o de contrafuertes duros y plantillas que alberguen al tejido adiposo del talón con lo que se puede proporcionar una amortiguación de un 15% adicional al calzado.
La mayor parte de los estudios sobre presiones plantaras están hechos con el sujeto descalzo (10, 12, 24, 46) y en muchos de ellos se comparan las presiones plantares en los distintos puntos del pie caminando descalzo y calzado concluyendo, en general, que el calzado determina una reducción de los impactos y una menor deformación de la almohadilla del talón y que todo esto hace que haya una disminución en las presiones plantares (37, 50) y, además, una alteración en su distribución sobre todo durante la marcha (9). Así autores como Soames (63), Niska y col. (54) y Woodburn y Helliwell (49) indican que con calzado hay una sobrecarga medial en el antepié, sin embargo, para Perry y col. (50), el uso de calzado tiende a igualar las presiones bajo las cabezas metatarsianas.
   No existen muchos estudios que analicen, en personas sanas, las presiones plantares con diferentes tipos de calzado y en los pocos que hay, por una parte, no se describen bien el tipo de calzado utilizado y, por otra, los resultados son muy dispares. Así, Niska y col. (54) y San Gil Sorbet y col. (41) al comparar las presiones entre distintos tipos de calzado (blando y duro) no encontraron variaciones de las presiones entre ellos, mientras que Perry y col. (50) que analizan las presiones descalzo, con calzado duro y con deportivas describen una disminución de las presiones más importantes con el calzado blando, al igual que BransbyZachary y col. (75) para los cuales las zapatillas deportivas son las que más reducen las presiones máximas, llegando a una reducción de un 21% comparado con los demás calzados. Para ellos las presiones de impacto en el antepié pueden ser disminuidas hasta un 60% con las zapatillas deportivas que si además llevan plantillas determinan un descenso de un 17% más.
   Por otro lado, no sólo el uso del calzado puede determinar una modificación de la amortiguación y de las presiones plantares sino que el uso o no de calcetín (76) puede influir también en estas modificaciones.

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2 comentarios

  1. quiero saber si en león, Guanajuato tienen un espacio para la atención.

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